Me alejé tan rápido como pude de aquel lugar. Tan siquiera
había cruzado la puerta y ya tenía malas vibraciones. Me traía muchos
recuerdos, y sí, el lugar era escalofriante. Varias veces había entrado ahí,
pero ninguna me había rajado. No sé qué me pasó. Supongo que al estar sola,
todo da más miedo. Corrí hasta donde podían aguantar mis piernas. Mi
respiración iba cada vez más rápido. Me senté en el suelo, debajo de un árbol.
Miré a mi alrededor. Nada, no había nada ni nadie que pudiera sacarme de allí.
Anduve unos cuantos metros más, y me volví a sentar. No estaba
acostumbrada al ejercicio físico.
Delante había alguien, sentado en una especie de piedra que sobresalía del
suelo. Me acerqué a él, con la esperanza de que me llevara al pueblo. En el
mismo instante que mi mano rozó su chaqueta de cuero desapareció. Observé
detenidamente aquella roca. Me quedé con la boca abierta, un poco sorprendida.
No era una roca cualquiera, sino un ataúd. ¿Qué hacía tan lejos del cementerio?
¿Será ese chico quién lo arrastró hasta este punto? Y lo más importante, ¿Cómo
podía sobresalir del suelo? Demasiadas preguntas y ni una sola respuesta. Si al
menos le habría visto la cara a aquel chico podría saber quién es y preguntarle
acerca del ataúd. Lo único que pude ver,
fue su piel pálida. Como si le hubiesen rociado con polvos de talco. Sí, aquel
tipo era raro. Me fijé en sus manos ensangrentadas. Estaba herido. Pero, sigo
sin explicarme como, herido, pudo haber corrido tanto en unos cuantos segundos.
No, en milésimas de segundo. En fin… seguí caminando, esta vez, no iba
corriendo. Me había raspado la pierna con una rama. Iba sangrando. Me pasa por
llevar shorts en pleno invierno, por el medio del bosque. Fui cojeando todo el
camino. Mi casa no estaba lejos. Y me
seguía asustando tener que vivir enfrente de un bosque. Con la de bichos y
cosas que hay ahí. De repente, oí un ruido. ¿Quién hay ahí? –Pregunté-. Me
estaba aterrorizando cada vez más. Me di la vuelta, nada, no había nadie. Al
girarme, vi al mismo chico de antes. Me dio un susto de muerte, el muy cabrón.
¿Quién eres?- pregunté-, pero no conseguí respuesta. Sus ojos eran rojos,
penetrantes. Levantó la cabeza y pude ver que era algo raro. Tenía sangre por
todas partes, y no paraba de mirar mi pierna. ¿Qué coño quería aquel tío?
Hostias- Dije al ver que, en unos instantes, sobresalieron dos gigantescos
colmillos de aquella boca-. Lo esquivé y rápidamente me disponía a correr hacía
mi casa, como pude. Podía verla desde donde estaba. Y, delante de mí, aquel
tipo volvió a aparecer. No tuve escapatoria, mi corazón iba a mil por hora, o
quizás más. Me agarró de los hombros. Y justo en aquel momento; ¡Alison! ¡Corre
a casa!-Dijo mi madre, en momentos como este sentía que la quería mucho, mucho
muchísimo. El tío volvió a desaparecer. ¡Ya voy!-contesté- Aún seguía asustada. No podía creerme
aquello. ¡Un tío, con colmillos, con los ojos rojos y con la piel realmente
pálida iba a morderme! Madre de Dios, nunca vuelvo al bosque ni loca. Pero, le
tendría que contar esto a alguien, ¿No? No, no quiero que nadie sepa la
existencia de esto. Pero, por otra parte, y pensándolo mejor… No, no se lo diré a nadie. Si siguen
ocurriendo sucesos de este tipo tomaré medidas, mientras tanto, no. Sí, eso
haré.
Entré a mi casa, mi madre, notó la cara de preocupación en
mi rostro. Dejó los platos en el fregador y vino hacia mí.
-¿Qué pasa?-Preguntó, mientras se chupaba un dedo y me lo restregaba por la
cara-¿Dónde te has metido? Vas llena de… ¿Y esa sangre?
-A ver, mamá. Fui al cementerio, a ver a papá. Al salir
me rocé la pierna con una rama, y de ahí la sangre y todo el rollo
ese.-contesté, apartando su dedo pringoso de babas de mi cara-
-¿Al cementerio? ¿Tú sola?-La cara de preocupación
aumentaba-
-Sí, pero no entré, así que… -Le di una palmada en el hombro y me fui a mi habitación, toda desordenada,
por cierto-
Entré a mi habitación. La cama sin hacer. La ropa tirada
en el suelo. Dios, que desastre que soy. Encendí la luz de la mesilla, ya que
de noche no se ve nada. Me puse a recoger todo el lío que había por el suelo.
Al terminar, me senté en la repisa interior de la ventana. Mirando pensativa
hacia aquel bosque. Nada, aún no me lo creo-protestó-. Lo más extraño de todo,
es, por qué a mí. No podría haber sido otra chica que hubiese estado por el bosque,
no, tenía que ser yo. No consigo olvidar a aquel chico. Es inevitable recordar
esa escena. ¿Cómo pudo haber llegado hasta aquí? Me refiero a que, en este
pueblo, nunca ha pasado cosas de tanta importancia como esta. Pero ya nada me
sorprendía. Me asusté al verlo, delante de mí, apunto de morderme. En cambio,
no lloré. ¿Por qué tendría que llorar? Pensándolo bien, otras en mi lugar
hubiesen llorado. En ese momento, cuando estaba
delante de mí, sentía unas ganas enormes de matarle. Lástima de que no
disponía de estacas. Me hubiese gustado vengarme. ¿De qué? De la
muerte de mi padre.